«Dormía con mi pato en el hombro»
El actor y cantante malagueño pasaba los veranos en una aldea de León, donde «le pegaba con el tirachinas a los cerdillos y hacía peleas» con sus primos «Me iba por ahí todo el día y mis padres no tenían ni idea de lo que hacía»
Para qué querrá novias un chiquillo de once años. Fran Perea necesitaba por aquel año 1989 un amigo de verdad, inseparable y fiel. «Íbamos todos los veranos a una aldea de León, de donde es mi abuelo», cuenta con una luz especial en los ojos. No da más detalles, porque la localización concreta pertenece a su vida privada. Todavía lo visita. Todos los martes, él y sus padres eran asiduos del mercadillo de Astorga. «Allí vi un pato y me puse muy, muy pesado». Objetivo conseguido.
Ya tenía compañero de juegos. No con esos tonos artificiales de ahora, colores chillones. «Era color amarillo pato», matiza. Y Fran Perea era el niño más feliz del pueblo, «pato arriba, pato abajo». Lo ponía a nadar en el río del pueblo, por ejemplo, y hasta lo enseñó a montarse en su hombro mientras él iba andando. «Me acuerdo que una vez se cayó al suelo y no veas la que formamos, fue uno de los grandes dramas de mi infancia». Pero el pato, sobrevivió.
Un amigo que, por supuesto, tenía nombre: Lucas. «En aquellos momentos estaba poco original». Y Lucas era tal monería que congeniaba con Fran Perea a las mil maravillas. «Cuando dormía, él sólo se me subía a la cama y se me ponía en el hombro», recuerda.
Vuelta a casa
Las vacaciones en la aldea leonesa duraron lo que duran los sueños, y tocó regresar a Málaga. «Eso siempre era un poco deprimente», recuerda. Sobre todo, si amenazaba la separación de Lucas. Pero a fuerza de ruegos consiguió convencer a sus padres para que el pato viajara hasta la Costa del Sol. ¿Quién no ha torturado a un ánade teniéndola en cautividad? «Pues Lucas estuvo con nosotros un año y pico, y pasó de patito a pato». Claro, sobre el desenlace de la historia mejor ni hablar.
Pero el tiempo que estuvieron juntos fue pura diversión. «Le hice un cercadito y todo para que hiciera sus cositas», explica mañoso. Aunque nunca se le ocurrió meterlo en la bañera para que diera rienda suelta a los instintos. Quizá le coartaría la presión paterna, dado que Lucas «olía un poco mal, como todos lo patos, y daba un poco por saco».
Era necesario empezar a olvidar a Lucas y no tropezar dos veces con la misma piedra. Los patos a sus lagos y Fran, cada verano, a su aldea, que era lo que más disfrutaba del mundo. «La verdad es que el pueblo era un auténtico paraíso para un niño -relata-, porque yo era bastante gamberro y, como estabas en mitad del campo, todo estaba permitido».
Al pueblecito iba gente, sobre todo, de Asturias y de León. Sus calles se llenaban de chavales para los que su pequeño universo era un río en el que bañarse y mucho campo donde poder hacer excursiones con la bicicleta. «Yo me iba por ahí todo el día y mis padres no tenían ni idea de lo que hacía, no sabían mucho de mí».
Actos 'vandálicos'
Allá donde hay un río hay chinarros, y donde había chinarros estaba el temible Fran con sus primos. «Nos íbamos a pegarle con el tirachinas a los cerdillos», dice sin sentimiento de culpa el que fuera amante de los patos. Pero en su fijación por las barbaridades con piedras, también cuenta que hacían peleas con piedras entre ellos. «En el campo, la piedra es fundamental, si no te has peleado con piedras, no eres nadie», explica magistral.
Al volver a casa con heridas de guerra, algo habría que explicar a alguien. A papá, a mamá... «Bueno, con decir que te habías caído de la bici...». Y su bicicleta no sería nada raro que fallara, porque debía estar 'hecha un Cristo'. Se dedicaba a montarla y desmontarla entera una y mil veces. Si no hubiera salido cantante o actor, las sesiones de grasa hasta las cejas le hubieran servido para ganarse el pan como mecánico.
Málaga le gustaba, aunque menos que León, se nota. «Me acuerdo del último día de instituto, que lo echábamos entero en La Malagueta, toda la clase». Aunque reconoce que, para moragas, está la playa de los Baños del Carmen. Ya iba para tres años que no cogía vacaciones así que este, para dos semanas que ha tenido libres, ha disfrutado como un niño: «Casi te digo que este el verano de mi vida, si no fuera porque no puedo estar en Málaga, que la echo de menos en invierno y en verano».